Mujer

Julieta Laso: se dice de mí

Julieta Laso se siente atemporal, cabeza negra como el título de su último disco y fanática de Tita Merello. Desde que vive en Salta con su pareja Lucrecia Martel incorpora la copla y los ritmos del norte a su estilo urbano y tanguero.

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Entre la trasnoche tanguera de Almagro y el amanecer coplero en los valles Calchaquíes, se está escribiendo la historia de Julieta Laso. Esta porteña era la voz de la Orquesta Típica Fernández Fierro que fundó y anima el Club Atlético Fernández Fierro (CAFF), meca de un circuito alternativo de yumba punk en el que Pugliese es estampita. Ahora la descubrimos en Instagram besando un portentoso zapallo criollo que le brindó Pachamama en La Calderilla, el paraje salteño donde trasladó su hogar.

Cantante, también actriz, en plena pandemia terminó de darle forma al proyecto de instalarse en Salta, junto con la cineasta Lucrecia Martel, que nació en esa provincia y es su pareja desde hace seis años. “Voy caminando por el cerro y me pregunto: ¡¿esto es verdad?! ¡No puedo creerlo! Nunca me imaginé que iba a vivir en el norte, aunque desde chica su tremenda diversidad me produjo una fascinación total: iba a los carnavales, a los encuentros de copleras, viajaba de chica con mi madre, y cuando fui más grande, con amigas. Casi no conozco el sur, todos los años me proponía ir para otro lado y siempre terminaba en el norte argentino o en Bolivia o Perú. Pero siempre viví en Buenos Aires y al palo. Durante la pandemia en la ciudad se intensificó un deseo de irnos: Lucrecia quería volver a Salta, yo me prendí enseguida y me gusta mucho. Encontré una comunidad que siento muy afín, con la que se generan muchos encuentros”.

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Foto: Alejandra López

"Le puse Cabeza negra porque me considero cabeza negra: la música que hago es el país que me identifica, frente a la locura de otros por mirar a Europa."

Otro cambio decisivo, algún tiempo antes, fue su partida de la típica. “Me costó mucho tomar la decisión de dejar la Fernández Fierro. Para mí fue un gran amor la orquesta. De hecho, durante mucho tiempo tuve un dolor muy fuerte en el pecho y llegué incluso a hacerme tomografías, hasta que entendí lo que me pasaba”. En la despedida, quedó flotando en el aire un compromiso con el contrabajista Yuri Venturín, director de la Fernández Fierro: el proyecto de un disco, que finalmente acaba de concretarse. La orquesta típica, dice, es como un tren, “y si te caes te pasa por encima”. En el álbum Cabeza negra la acompaña una formación atípica: cuatro bandoneones y un contrabajo. También asoma una caja coplera, porque el disco tiene algo de los dos mundos. “Le puse Cabeza negra porque me considero cabeza negra: la música que hago es el país que me identifica, frente a la locura de otros por mirar a Europa. Al tango lo fui soltando un poco, pero nunca lo voy a soltar del todo: siempre va a estar en mi vida porque es algo que amo. En este disco hay temas de contemporáneos como Palo Pandolfo o el Tape Rubín, y yo me animé a escribir alguna cosa chiquita. También hay folclore, temas de Horacio Guarany, un compositor inmenso que para mí sigue siendo un descubrimiento, y de Daniel Toro. Por primera vez, en este disco, aparece el norte fuertemente”. Hasta el colosal tocado que la corona en el arte de tapa tiene marca de origen: una descomunal melena ensortijada hecha de gruesas mangueras recicladas como las de equipos de ventilación, diseñada por Gabriel Mechulan-Katrina Raissa, drag queen de Palpalá, provincia de Jujuy. Mientras marea en la boca un acullico que le hincha la mejilla, Julieta cuenta: “Katrina hace unos trajes y unos maquillajes increíbles. Ganó un concurso de Drag queens que se hace en la televisión salteña. Lo descubrí hace poco y me volví fanática: se llama Juego de reinas, lo encontrás en YouTube. Es el último programa que uno imaginaría en la televisión de Salta. Katrina fue reina en la primera temporada, nos conocimos y pegamos muchísima onda. En la segunda temporada vamos a tener una participación con Lucrecia y con Valeria Bertuccelli como jurados”.

Salta es el escenario de Terminal Norte, el mediometraje de Lucrecia Martel que reunió a Julieta con las copleras Mariana Carrizo y Lorena Carpanchay –primera coplera trans de los valles Calchaquíes– y que se estrenó este año en la Berlinale. Con ellas amaneció cantando en la última Serenata a Cafayate, escala inicial de una recorrida exhaustiva de festivales folclóricos que se propone Laso. “Mariana me invitó a cantar un tema, fue una especie de bautismo. Y también fue la primera vez que cantó Lorena Carpanchay. Toda una experiencia, con la gente llegando desde los pueblos, viviendo el folclore con una garra tremenda. Anduvimos las tres por todo el festival y cuando salió el sol terminamos entre los cerros rodeadas de bombistos”.

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Foto: Alejandra López. Maquillaje: Martina Pucheta para kabuki makeupg school Con productos nwno y Authentic Beauty Concept.

Mercedes Simone y Tita Merello pueblan desde la infancia su olimpo personal. “Me siento un poco atemporal. Nací vieja”, asegura. “Desarrollé un fanatismo raro por Tita Merello, desmedido e incomprensible para mi generación. Yo era muy chica, tal vez habré escuchado en la tele “Se dice de mí”, la cuestión es que me obsesioné. A los catorce o quince años, compraba los casetes. Me aprendí todos los temas con cada punto y coma, tal como los hacía ella, y los cantaba frente al equipo de música. Es un personaje que amo. Miro sus entrevistas y me vuelvo loca. De chica era un amor tan grande el que le tenía que mi mamá llegó a ofrecerme que fuéramos a visitarla, pero no me animé”.

La música la trae a Buenos Aires con cierta frecuencia, y el teatro la lleva por las provincias como “la Juanita” de Ojo de pombero, comedia rural o drama bizarro según la definición del director y dramaturgo Toto Castiñeiras. “Es una obra muy coral y me siento muy bien haciéndola. Después de más de diez años sin hacer teatro, estoy disfrutando estas funciones, que se van programando en distintos puntos del país”.

Dice que en La Calderilla, a doce kilómetros de Salta, se encontró con el silencio. “Todavía no viví la casa a fondo. No sé cuánto tiempo tarda uno en entender lo que significa estar viviendo frente a un cerro. Es mi primer encuentro con la naturaleza. Me copo con las plantas. Me quedo en silencio. Yo que nunca había salido de Buenos Aires, siento que algo muy bueno está pasando en mi vida. Es un cambio muy grande y me gusta mucho. Me estoy transformando. Todavía no podría decirte en qué…”

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