Lecturas para empezar el año
Cuatro lecturas para despedir el verano y que nos dure en imágenes: el perfume del mango en un pueblo de Misiones, un refugio que se construye al lado del río, una pareja que se graba mensajes en un fin del mundo, un verano imborrable en el sur de Chicago.
Esta novela de Ana Iriarte ya se consagró como la novela del verano, no solo por haber ganado el premio de la librería el Gran Pez (Mar del Plata) que lleva ese nombre, sino porque realmente le hizo compañía a cientos de lectores que la empacaron en sus mochilas y la llevaron de vacaciones a la costa, al bosque o a las montañas. Azara es definitivamente una historia de selva, una de fuerza casi mitológica. La protagonista, Lucía, vuelve al pueblo de su infancia para acompañar a Marina en la búsqueda de su madre biológica. Al comienzo del viaje, a Lucía y Marina no las une más que una amiga en común, pero a medida que se van adentrando en la espesura de ese pueblo chico-infierno grande, van descubriendo que en la selva todas las raíces se conectan de algún modo. “Como en cada patio de Azara, un mango frondoso se impone entre los arbustos más bajos, cediendo hacia un lado por el peso de sus ramas cargadas de hojas flacas. Durante la siesta ofrece una sombra verde, generosa, única fruta de este mango estéril.” Una novela que es tan atrapante como profunda, llena de capas y un misterio que más que revelarse, se quema como un incienso y nos deja con ese aroma pegado a la piel, como la tierra roja de Azara.
El Gran Pez
Una comunidad que brota a la vera de un río, un ensamblaje de voces, sujetos exiliados del mundo, todos escapando de algo. Sus habitantes lo llaman el Refugio del Plata y en la sucesión de los días y las noches vamos aprendiendo qué es lo que los llevó ahí: “en el Refugio del Plata había chismes, como en todas partes. Pero cuando estábamos en el quincho solíamos discutir los temas en sí mismos, de modo abstracto. Los que asomaban de visita nos decían que era el paisaje, la amplitud del río, lo que nos ponía reflexivos”. Los dolores, las tragedias y los secretos que ocultan se van develando, cediendo a la regla inicial de que el pasado de cada uno era “intocable”. Las historias aparecen con la naturalidad de los relatos que se cuentan alrededor de un fuego. Todo cuerpo necesita purgarse. Pronto sus habitantes descubrirán que “El Refugio” en realidad no ofrece protección de nada, es más bien otro paisaje donde continúa el teatro de cada vida, un lugar para “ver la belleza de las mismas cosas en vez de salir a buscar nuevas, que muy pronto son las mismas”.
Notanpuan
La desintegración en esta novela es como un clima de época, una canción de fondo. El mundo se ha vuelto lentamente irreconocible, pero en los personajes que habitan estas páginas, hay un núcleo que se mantiene intacto: un deseo, un hambre. El de una hija que habla en el velorio de su madre y construye un monólogo verborrágico para tapar “la disonancia del mundo”. Al recordar a su madre, recuerda también todo lo que ya no es y sin embargo perdura, como el casete donde todavía descansa el sonido de su voz. Una existencia póstuma que la desconcierta. En el casete también hay un padre, hay preguntas que insisten, intentos por situar el momento exacto del final. Ambos recuerdan, entre canciones de The Cure, versiones de su último día juntos. Hay algo erótico en el acto de grabarse mensajes, una textura que es la del anhelo: “Que hoy justo hoy, yo le esté hablando a un grabador que de algún modo sos vos, ¿no? Te reemplaza. Este micrófono, la luz roja encendida, las rueditas que giran. Sos vos por un rato”. En medio de ese discurso amoroso que se batalla contra la disolución, van apareciendo otros personajes que, en palabras del autor, fueron incorporados para “aportar acidez”, pero que en definitiva son igual de centrales en esta novela de una belleza rara, nostálgica. Una farmacéutica que “no quería ser farmacéutica. Pero tampoco quiso, en su hora, ser otra cosa”. Un mozo viudo que se confiesa en una iglesia y recuerda con perplejidad la mirada de dos carpinchos en su hora final. Mosaicos agridulces en una trama que se pregunta una y otra vez por la muerte, la memoria, los apocalipsis que sobrevivimos. Daniell tensa los hilos del lenguaje, lo hace vibrar en una frecuencia distinta, una música hermosa e inquietante como una canción de cuna.
Editorial Marciana
Cosas que vienen y van es el tercer libro de Bette Howland y contiene tres nouvelles preciosas e inolvidables. Originalmente publicado en 1983, se trata de la segunda entrega de la editorial Eterna Cadencia en su redescubrimiento de esta autora olvidada. En Dios los cría, Esti, la narradora, reconstruye escenas de un verano con sus tíos en el sur de Chicago. Una familia judía, ruidosa y apasionada, plagada de personajes con grandes opiniones. El viejo bromista, la historia del medio, es un perfecto entreacto: una madre soltera vuelve a su casa luego de una cita al ballet con un hombre. Es una noche helada y en su casa la esperan la niñera y su pequeño hijo. Howland nos pasea con maestría por el punto de vista de cada personaje, desentrañando los deseos y los miedos que los acechan esa noche. Por último, en La vida que me diste, una mujer de mediana edad se entera de que su padre acaba de tener un accidente y se encuentra hospitalizado. Mientras piensa en un diálogo posible con este Padre en mayúsculas, recuerda toda una vida de peleas, rencores, su crianza dentro del peculiar universo del judaísmo secular y finalmente la vida artificial y desarraigada que llevan sus padres en Florida, el lugar a donde todos los estadounidenses de clase media van a morir: “Los constructores en South Florida son como Dios en el universo. Su obra está por todas partes, pero no se los ve en ninguna. Se mudan, dejando el paraíso sin terminar del todo”.
Eterna Cadencia Editora